Congreso de literatura Interiores a(sombra)dos y asombrosos. Homenaje a J. J Morosoli Setiembre 2026
Prof. Lic. Soledad Fernández
La correspondencia inédita de José Morosoli y Álvaro Figueredo: los esfuerzos por reivindicar a los escritores del interior
La correspondencia inédita entre José Morosoli (1899-1957) y Álvaro Figueredo (1907-1966) constituye una fuente privilegiada para comprender uno de los proyectos culturales más relevantes desarrollados por escritores del interior uruguayo durante la década de 1930: la organización del Congreso de Escritores del Interior. Más allá del valor biográfico de estas cartas, los documentos permiten reconstruir una red intelectual que buscó cuestionar el centralismo cultural de Montevideo y otorgar visibilidad a los autores de los distintos departamentos del país.
Las cartas revelan el vínculo estrecho entre Morosoli y Figueredo. Ambos compartían una concepción de la literatura ligada al compromiso cultural y entendían que los escritores del interior debían organizarse para defender sus intereses, generar espacios propios de difusión y participar activamente en la definición de las políticas culturales nacionales. La correspondencia no constituye únicamente un intercambio privado, sino que documenta la construcción colectiva de un proyecto intelectual.
Este trabajo analiza dicha correspondencia en diálogo con diversos artículos publicados por Figueredo y otros intelectuales en la revista AIAPE, el periódico Mástil y la revista Banderín, documentos que permiten reconstruir el desarrollo del proyecto congresal y comprender los debates que generó dentro del campo literario uruguayo.
Durante 1937 Álvaro Figueredo utilizó las páginas de la revista AIAPE como uno de los principales espacios para difundir la necesidad de organizar un Congreso de Escritores del Interior.
En el número 6, correspondiente a junio de 1937, publica un artículo en el que vuelve a insistir en la organización del futuro congreso. El texto refleja la amplitud de intereses del escritor pandeazuquense: presenta al joven poeta melense José Lucas, próximo a editar un libro de poemas para niños; comenta la conferencia de Justino Zavala Muniz El arte en su función social; anuncia la reaparición de su periódico Mástil y, sobre todo, reafirma el propósito que atravesará toda su actividad intelectual: llevar la voz de los escritores del interior hacia Montevideo.
Un mes más tarde continúa desarrollando estas ideas en la sección "Vida cultural del interior". Allí vuelve a defender la necesidad de realizar una reunión preparatoria del futuro Congreso de Escritores del Interior, difunde un fragmento del poema Canto a Salto, de Juan B. Silva Vila, ganador de los Juegos Florales de Salto, y comenta la reciente publicación de En carne viva, de Serafín J. García (1905-1985), reafirmando así la intención de convertir la sección en una verdadera tribuna para los autores de tierra adentro.
Estas publicaciones permiten observar que el Congreso no surgió como una iniciativa aislada sino como parte de un proyecto cultural mucho más amplio que pretendía articular a los escritores del interior mediante publicaciones periódicas, intercambios epistolares y acciones organizativas permanentes.
En. abril de 1938, en el Ateneo de Montevideo, se reunieron escritores provenientes de diversos departamentos del país con el objetivo de discutir la situación del escritor del interior y proyectar formas de organización y representación cultural.
En este contexto se inserta la carta que José Morosoli envía a Figueredo el 15 de junio de 1937.
La misiva comienza con un tono amistoso, disculpándose por la demora en responder y atribuyendo parte del retraso a Santiago Dossetti (1902-1981), quien no había cumplido con el compromiso de enviar un cuento solicitado por Figueredo. Este episodio, aparentemente menor, resulta significativo porque evidencia la existencia de una red de colaboración entre escritores del interior que compartían proyectos, publicaciones e intereses comunes.
Sin embargo, el aspecto más relevante de la carta aparece cuando ambos comienzan a discutir la organización concreta del Congreso.
Morosoli considera indispensable realizar el encuentro y comparte la idea de organizar previamente una reunión preparatoria de los escritores del sur. No obstante, discrepa con algunas de las propuestas iniciales. Descarta a Pando como posible sede y propone, en cambio, Pan de Azúcar o Florida, ciudades que, según su criterio, ofrecían mejores condiciones para garantizar una convocatoria numerosa y un ambiente ideológicamente más favorable.
Incluso afirma que impulsaría especialmente la candidatura de Pan de Azúcar, convencido de que allí podrían alcanzarse resultados importantes para el movimiento.
Respecto a San José, reconoce conocer a varios intelectuales de la ciudad, aunque manifiesta ciertas reservas hacia algunos de ellos debido a sus posiciones políticas y literarias, que considera excesivamente conservadoras. Propone avanzar con medidas concretas y sugiere solicitar a Francisco Espínola que recomiende nuevos nombres para integrar tanto el Congreso como la futura Federación de Escritores del Interior.
Esta carta demuestra que Morosoli no ocupaba un lugar secundario dentro del proyecto. Por el contrario, Figueredo consultaba permanentemente sus opiniones acerca de la organización, la elección de sedes, los posibles asistentes y las estrategias para ampliar la convocatoria. Las cartas revelan así una relación basada en la confianza intelectual y en el reconocimiento mutuo.
Uno de los aspectos más interesantes que surge tanto de las cartas como de los artículos periodísticos es la preocupación por definir quiénes eran realmente los escritores del interior.
El Congreso no pretendía únicamente reunir autores dispersos geográficamente. Aspiraba a construir una identidad cultural diferenciada dentro del campo literario uruguayo.
Aparece reiteradamente la oposición entre los escritores de "tierra adentro" y los llamados "cascarudos", denominación despectiva utilizada para referirse a ciertos sectores intelectuales montevideanos considerados distantes de la realidad del país profundo. La reivindicación del interior implicaba mucho más que una cuestión geográfica.
Se trataba de defender una manera distinta de entender la literatura, basada en la autenticidad de la experiencia rural, en el contacto directo con la vida cotidiana y en una producción cultural alejada de los círculos de legitimación establecidos en Montevideo.
Las cartas muestran que Figueredo concebía el Congreso precisamente como el instrumento capaz de consolidar esa identidad colectiva.
Antes de su realización, Figueredo manifiesta la razón por la que decide efectuar este
Congreso: “Como un argumento, el más evidente, del clima de solidaridad que rodea al Próximo Congreso de Escritores y Redactores literarios del Interior. […] Con la adhesión actual de la casi totalidad de escritores, la numerosa red de cooperación interdepartamental” (Figueredo, 1938a, p. 14).
La idea de "agremiación" sintetiza uno de los principales objetivos del proyecto: dejar de actuar de forma aislada para constituirse como un colectivo con capacidad de intervenir en los debates culturales nacionales.
La correspondencia inédita conserva además una carta sin fecha en la que Morosoli desarrolla el llamado "programa" del Congreso. Morosoli sostiene que la etapa inicial de difusión ya había concluido y que había llegado el momento de establecer un verdadero plan de acción. Expresa que Mástil había cumplido la función de instalar la idea del Congreso, pero que ahora era necesario definir banderas concretas que orientaran el trabajo futuro.
En primer lugar, plantea la necesidad de que los escritores del interior contaran con representantes permanentes en toda organización, reunión o gestión vinculada a la cultura nacional. La propuesta buscaba romper con la exclusividad que Montevideo ejercía sobre las instituciones culturales.
El segundo punto proponía crear una tribuna permanente en la capital destinada a difundir la producción de los escritores del interior. Para ello se sugiere designar una junta de clasificación de trabajos, gestionar un espacio radial para realizar una revista oral y publicar posteriormente esa misma revista en los diarios departamentales.
Las propuestas revelan un notable conocimiento de los mecanismos de circulación cultural disponibles en la época. No se trataba únicamente de editar libros, sino de utilizar simultáneamente la prensa escrita, la radio y las redes periodísticas del interior para ampliar el alcance de las obras.
El programa también proponía organizar conferencias rotativas entre los distintos departamentos, establecer una declaración colectiva sobre la posición del escritor frente a los problemas sociales contemporáneos, gestionar derechos comunes para los escritores dentro de las organizaciones sindicales, fortalecer los vínculos con instituciones culturales americanas y estudiar la creación de un "folletín general" que permitiera publicar simultáneamente textos literarios en los periódicos del interior.
El Congreso aspiraba mucho más que a organizar una reunión circunstancial. Se buscaba crear una estructura permanente de cooperación intelectual que garantizara la circulación de obras, la representación institucional y la defensa colectiva de los escritores de tierra adentro.
La importancia de este proyecto quedó reflejada en diciembre de 1936 cuando Juvenal Ortiz Saralegui publicó en AIAPE el artículo "Perspectivas del Congreso de Escritores del Interior".
Allí reproduce prácticamente la totalidad del programa elaborado por Figueredo y Morosoli y realiza un análisis favorable de la iniciativa.
Saralegui destaca dos aspectos fundamentales. En primer lugar, señala que los escritores del interior pretendían definirse frente a los problemas de la cultura entendida como defensa de la libertad y la dignidad humanas. En segundo término, subraya que el Congreso buscaba crear mecanismos concretos de difusión para las obras producidas fuera de Montevideo.
No obstante, introduce una reflexión particularmente interesante al preguntarse si la distinción entre escritores del interior y escritores de la capital podía reducirse únicamente al lugar de residencia. Como ejemplo menciona a Justino Zavala Muniz (1898-1968) y Francisco Espínola (1901-1973), quienes residían en Montevideo sin dejar de representar, a su juicio, la cultura campesina uruguaya.
Esta observación revela que el Congreso también obligaba a repensar la propia definición de "literatura del interior". Más que una categoría geográfica estricta, comenzaba a perfilarse como una identidad cultural construida alrededor de determinadas experiencias, sensibilidades y formas de representación del país.
La organización del Congreso de Escritores del Interior no estuvo exenta de resistencias. La iniciativa impulsada por Álvaro Figueredo despertó críticas desde algunos sectores de la prensa montevideana, que cuestionaban tanto la legitimidad del proyecto como la capacidad intelectual de quienes lo promovían. Estas reacciones permiten comprender que el Congreso no solo representaba un intento de organización gremial, sino también un desafío al predominio cultural ejercido desde la capital.
En enero de 1938, el tercer número de Banderín, de enero de 1938, publicó un artículo de Figueredo titulado "Dos jóvenes poetas españoles antifascistas" (p.2), acompañado por un comunicado sobre el próximo Congreso de Escritores del Interior. Allí se informaba que el encuentro tendría lugar en los salones del Ateneo y se respondía directamente a quienes intentaban desacreditar la iniciativa: "Bien que pese a la maledicencia de cierta prensa interesada en desvirtuar las cosas, este Congreso agrupará en su seno a todos los escritores del interior, sean cuales fueren sus convicciones políticas, filosóficas o credos religiosos" (p.4).
Este pasaje resulta significativo porque pone de manifiesto uno de los principios fundamentales del proyecto. Aunque tanto Figueredo como Morosoli sostenían posiciones claramente antifascistas y compartían una sensibilidad política progresista, procuraban que el Congreso no quedara identificado con un único sector ideológico. El propósito era reunir a todos los escritores del interior, independientemente de sus convicciones políticas, para fortalecer una organización capaz de defender los intereses comunes de quienes permanecían al margen de los principales centros de legitimación cultural.
El comunicado concluía con una afirmación que evidencia la dimensión política que comenzaba a adquirir el debate: "¿Teme acaso alguna vez que los escritores del interior, dispuestos a defender la cultura, señalen al fascismo como su más encarnizado ofensor?" (p.4).
La pregunta constituye una respuesta directa a los sectores conservadores que observaban con desconfianza el crecimiento de este movimiento intelectual.
Las críticas más duras provinieron del periódico El Diario, que emprendió una campaña destinada a ridiculizar el Congreso incluso antes de su realización.
Aunque el periódico evitaba mencionar expresamente a Figueredo, las alusiones resultaban inequívocas. El organizador aparecía presentado irónicamente como el responsable de movilizar un conjunto de escritores sin prestigio, mientras que el propio Congreso era caracterizado como un acontecimiento inútil, incapaz de producir aportes significativos para la cultura nacional.
El empleo sistemático de comillas al referirse a los "escritores" del interior constituye un recurso especialmente revelador. Las comillas funcionan como un mecanismo de deslegitimación: ponen en duda la condición misma de escritores de quienes participarían en el Congreso y expresan una posición de superioridad por parte del periódico capitalino.
A ello se suma el empleo del neologismo "apolónidas", utilizado de manera claramente despectiva. La referencia al dios Apolo —símbolo clásico de las artes, la música y la belleza— pretende ridiculizar las aspiraciones intelectuales de los participantes, insinuando que el Congreso carecería de verdadero valor literario.
La crítica no se dirigía únicamente contra Figueredo. También alcanzaba a todos los escritores del interior, presentados como simples "títeres" incapaces de producir una literatura digna de consideración. En consecuencia, el cuestionamiento no recaía solamente sobre una persona o un periódico, sino sobre la posibilidad misma de que existiera una cultura literaria relevante fuera de Montevideo.
Otro aspecto particularmente significativo es la utilización de referencias históricas y religiosas con fines polémicos. La mención a Francesco Crispi (1818-1901) parece invocar el ejemplo del político italiano responsable de la unificación nacional para ironizar acerca de la pretendida unidad de los escritores del interior. Del mismo modo, la referencia al valle de Josafat introduce una metáfora bíblica del juicio final, utilizada para separar a los "verdaderos" escritores de quienes solo aspiraban a serlo.
Estas imágenes ponen de manifiesto que la discusión excedía ampliamente el plano literario. Se trataba de una disputa por la legitimidad cultural y por el derecho de los intelectuales del interior a intervenir en la definición de la literatura nacional.
Las cartas intercambiadas entre Morosoli y Figueredo permiten advertir otro aspecto central del proyecto: la estrecha relación que ambos establecían entre literatura y compromiso social.
El antifascismo aparece como un elemento compartido por ambos escritores, aunque ninguno de los dos pretendía transformar el Congreso en una organización partidaria. Por el contrario, insistían en que la convocatoria debía permanecer abierta para favorecer la participación del mayor número posible de autores.
Esta voluntad integradora explica que el programa del Congreso propusiera discutir la posición del escritor frente a "los problemas sociales de la hora", sin imponer previamente una declaración ideológica única. Cada participante conservaría el derecho de fundamentar sus discrepancias, garantizando así un funcionamiento democrático de la futura organización.
La relación entre ambos continuó desarrollándose durante la década siguiente y alcanzó uno de sus momentos más significativos en 1945, cuando apareció Vivientes (1953).
Con motivo de la publicación del libro, Álvaro Figueredo escribió una reseña elogiosa en Marcha, destacando la originalidad narrativa de Morosoli y la autenticidad de su representación del mundo rural.
La respuesta llegó pocas semanas después mediante un artículo de Emir Rodríguez Monegal, quien realizó una de las críticas más severas que recibió Morosoli a lo largo de su carrera.
Rodríguez Monegal sostuvo que los cuentos se apoyaban en una "ínfima anécdota", calificó la narración como débil e inconsistente y cuestionó la técnica utilizada por el autor minuano. Asimismo, relativizó los elogios formulados por Francisco Espínola y desestimó la valoración que Figueredo había realizado del denominado "estilo pétreo" de Morosoli.
Como ha señalado Heber Raviolo, la Generación del 45 no logró comprender plenamente la singularidad de la narrativa morosoliana. Buena parte de las objeciones formuladas por Rodríguez Monegal respondían a parámetros estéticos distintos de aquellos desde los cuales escribía Morosoli, cuya obra privilegiaba la observación de la vida cotidiana, la economía expresiva y una representación profundamente humanizada de los habitantes del interior.
En este episodio vuelve a hacerse visible el papel desempeñado por Figueredo. Su defensa de Morosoli no obedecía únicamente a la amistad personal, sino también a la convicción de que la narrativa del escritor minuano representaba una de las expresiones más logradas de la literatura producida fuera de Montevideo.
La correspondencia inédita entre José Morosoli y Álvaro Figueredo constituye una fuente de extraordinario valor para reconstruir un momento fundamental de la historia intelectual uruguaya.
Las cartas permiten observar el proceso mediante el cual un conjunto de escritores dispersos geográficamente intentó organizarse para obtener mayor visibilidad, defender sus derechos culturales y construir espacios propios de difusión. El Congreso de Escritores del Interior aparece así como el resultado de una prolongada tarea de articulación desarrollada mediante publicaciones periódicas, correspondencia personal y redes de colaboración entre autores de distintos departamentos.
El análisis de estos documentos también permite matizar la imagen de Morosoli como un escritor exclusivamente dedicado a la creación literaria. Las cartas muestran a un intelectual comprometido con la organización cultural del interior, interesado en la definición de estrategias colectivas y dispuesto a participar activamente en la consolidación de una federación de escritores.
Por su parte, Álvaro Figueredo emerge como uno de los principales gestores culturales del Uruguay de las décadas de 1930 y 1940. Su intensa actividad periodística, la dirección de Mástil, la promoción constante del Congreso y la defensa posterior de la obra de Morosoli revelan un proyecto intelectual coherente cuyo objetivo principal consistía en democratizar el campo literario uruguayo y disputar el monopolio cultural ejercido desde Montevideo.
La correspondencia confirma que la categoría de "escritor del interior" no respondía únicamente a un criterio geográfico. Se trataba de una identidad cultural construida colectivamente, sustentada en formas específicas de sociabilidad intelectual, en una concepción compartida de la literatura y en la voluntad de afirmar la legitimidad de una producción artística desarrollada fuera de la capital.
Referencias bibliográficas:
Gandolfo, E. (29 de noviembre de 2007. “No le interesaba la comercialización de sus libros”. El País. https://www.elpais.com.uy/cultural/no-le-interesaba-la-comercializacion-de-sus-libros
Figueredo, Á. (1938c). Congreso de E. del Interior. Banderín, 3, 4.
Figueredo, Á. (1937, junio). Vida cultural del interior. AIAPE, (6).
Figueredo, Á. (1937, julio). Vida cultural del interior. AIAPE, (7).
Figueredo, Á. (1938b). Vida Cultural del Interior. AIAPE, 2(17-18), 9.
Figueredo, Á. (1938, enero). Dos jóvenes poetas españoles antifascistas. Banderín, (3).
Monegal, E. R. (1945, 14 de diciembre). Vivientes. Marcha.
Ortiz Saralegui, J. (1936, diciembre). Perspectivas del Congreso de Escritores del Interior. AIAPE.